Tres reconversiones y catorce ceros
Para entender el alcance de lo que pasó, basta con seguir las monedas. En enero de 2008, el bolívar original se reemplazó por el bolívar fuerte: quitaron tres ceros. Diez años después, en agosto de 2018, llegó el bolívar soberano y quitaron cinco más. En octubre de 2021 entró el bolívar digital con otros seis ceros menos. Catorce ceros eliminados en trece años, según los anuncios del propio Banco Central de Venezuela.
Cada reconversión simplifica la aritmética cotidiana pero no detiene el proceso subyacente. La hiperinflación es un fenómeno monetario: la moneda pierde su función de reserva de valor antes que la de medio de cambio. Cuando el deterioro se sostiene en el tiempo, también pierde la función de unidad de cuenta. Allí es donde una moneda extranjera —típicamente el dólar— ocupa el espacio vacío.
El pico: 2018-2019
Las cifras oficiales del BCV se interrumpieron durante meses en 2018-2019. El instituto retomó publicaciones a partir de 2020 con metodología revisada. En el intervalo, las estimaciones internacionales se volvieron la referencia disponible.
El FMI, en su World Economic Outlook de octubre 2019, ubicó la inflación interanual venezolana de 2018 por encima del 65.000 % y la de 2019 cerca del 19.900 %. La Asamblea Nacional, con metodología propia, llegó a estimar más de 130.000 % para 2018. Cualquiera sea la fuente, se trataba de niveles que se cuentan en la historia económica junto con la Alemania de Weimar, Zimbabwe 2008 y la Hungría de 1946.
En la calle, esto se traducía en algo concreto: el precio del kilo de pan podía ser un múltiplo del precio de la semana anterior. Los comercios actualizaban precios diariamente, después varias veces al día. Para entonces, el dólar ya circulaba.
"La hiperinflación no destruye la moneda de golpe. Destruye primero su función de reserva, después la de unidad de cuenta, y al final la de medio de cambio. El dólar va ocupando esos tres lugares, uno por vez." Lucía Marenco · Editorial CambioDolarHoy
Cómo se dolarizó la calle
La dolarización transaccional venezolana no fue un decreto: fue un proceso. Hasta 2017, el control de cambios CADIVI/SICAD/DICOM había mantenido restricciones formales sobre la tenencia de divisas. La realidad económica las desbordó. Tres canales se volvieron clave:
- Efectivo en dólares físicos traído por viajeros, remesas, fronteras (Colombia, Brasil) y, en menor medida, comerciantes informales. La circulación de billetes de baja denominación —$1, $5, $10— se volvió habitual en Caracas para compras cotidianas.
- Transferencias internacionales mediante Zelle (un sistema de pagos estadounidense), cuentas en bancos panameños, dominicanos y estadounidenses. Los comerciantes pasaron a ofrecer dos precios: en bolívares (con margen de cobertura inflacionaria) y en dólares (más estable).
- Stablecoins y exchanges P2P a partir de 2020, sobre todo USDT comprado en Binance P2P. Esto resolvió el problema de quien recibía pagos del exterior y necesitaba operar dentro del país.
Una encuesta repetida del observatorio venezolano Ecoanalítica estimó que para 2020 alrededor del 65-70 % de las transacciones cotidianas en Caracas se hacían en moneda extranjera. En zonas fronterizas, el porcentaje era aún mayor; en zonas rurales del interior, considerablemente menor —la oferta de billetes de baja denominación es limitada.
2019: el gobierno cede formalmente
En noviembre de 2019, Nicolás Maduro reconoció públicamente la dolarización de facto y la describió como un "escape" para la economía. La política cambiaria evolucionó hacia una coexistencia: tipo BCV oficial publicado diariamente, paralelo de mercado, y aceptación tácita de transacciones en divisa en comercios.
El BCV publica desde 2018 un tipo de cambio oficial basado en operaciones de mesa autorizadas. Históricamente, ese tipo cotizó por debajo del paralelo, con brechas que oscilaron entre 5 % y 30 %. En 2026, la brecha se ha mantenido en una banda relativamente estrecha respecto a períodos anteriores.
Remesas como red de contención
La diáspora venezolana —estimada por R4V/ACNUR en alrededor de 7,7 millones de personas en 2024— sostiene flujos de remesas significativos hacia el país. Estimaciones del Diálogo Interamericano y del Banco Mundial ubican el volumen en torno a US$ 4.000-5.000 millones anuales, un 5 % aproximado del PIB en 2024.
Las remesas funcionan como ancla parcial: aportan demanda interna en divisas que sostiene parte del consumo de quienes las reciben. También distorsionan el mercado laboral local —la diferencia entre un salario mínimo en bolívares y la remesa mensual recibida de un familiar afuera puede ser de un orden de magnitud.
El componente humano
Las cifras no transmiten lo que significa vivir una hiperinflación. Un ahorrista que en 2013 mantenía el equivalente a US$ 100.000 en bolívares vio reducirse ese capital, sin haber gastado un peso, a una fracción mínima en cuestión de años. Un asalariado público con remuneraciones indexadas con retraso vio cómo cada aumento se evaporaba antes del próximo. Un pensionado quedó sin fondo.
Esa experiencia colectiva es la razón por la que el dólar ocupa, en el imaginario venezolano de 2026, no el lugar de una moneda alternativa sino el de la moneda. Es la unidad en la que se piensa el alquiler, el sueldo, el precio del vehículo, el ahorro. El bolívar se mantiene para impuestos, servicios públicos regulados y operaciones que la regulación obliga a hacer en moneda local.
Argentina mira
Para el lector argentino —y para el lector hispano en general— el caso venezolano sirve como referencia obligada cuando se discute dolarización. La propuesta argentina de 2023 invocó frecuentemente a Ecuador como modelo exitoso y a Venezuela como ejemplo a evitar. Pero el caso venezolano es importante por una razón distinta: muestra cómo una economía puede dolarizarse sin que el gobierno lo decida. Cuando la moneda local pierde su función de reserva y de unidad de cuenta, los agentes económicos buscan refugio. El gobierno puede acompañar, resistir o ignorar el proceso, pero el proceso ocurre.
Argentina no está cerca de una hiperinflación al estilo venezolano. La inflación argentina, aún elevada, opera en un orden de magnitud completamente distinto. Pero la lógica del proceso —la migración de funciones monetarias del peso al dólar cuando la moneda local pierde reservorios— es la misma. La brecha cambiaria argentina es, en parte, la medida cuantitativa de esa migración parcial.
Lo que sigue abierto
Tres cuestiones quedan abiertas en 2026:
- Si Venezuela formalizará la dolarización (al estilo Ecuador) o mantendrá la dualidad bolívar/dólar indefinidamente.
- Si el bolívar puede recuperar funciones monetarias en el largo plazo —algo posible pero que históricamente requiere disciplina fiscal sostenida y a menudo una ancla externa.
- Si la nueva generación venezolana, que no conoció una economía no hiperinflacionaria, podrá pensar en el bolívar como medio de ahorro alguna vez —o si el dólar quedará permanentemente como la moneda real en la cabeza colectiva.
No respondemos esas preguntas. Las dejamos planteadas: son las que el caso plantea a quienes leen este texto desde Argentina, México, España o Colombia.