Un mapa rápido del paisaje
En el mundo hispano hay hoy cuatro países que operan con el dólar como moneda nacional, en distintos grados y bajo distintos marcos legales:
- Panamá (oficialmente desde 1904): el dólar es la moneda de curso legal junto al balboa, que circula solo en monedas.
- Ecuador (desde 2000): el sucre fue reemplazado por el dólar tras la crisis bancaria de fines de los 90.
- El Salvador (desde 2001): el colón salvadoreño fue reemplazado por el dólar; desde 2021 convive con el bitcoin como moneda de curso legal.
- Venezuela (de hecho desde mediados de los 2010s): no es dolarización legal pero el dólar circula y se usa en gran parte de las transacciones del sector privado.
Cuatro casos, cuatro historias. Y, sumándolo a Argentina —donde la dolarización ha vuelto al debate público en distintas formas durante los últimos años— el tema atraviesa la región. Esta nota es una invitación a mirar los cuatro casos con cuidado antes de extraer conclusiones generales.
Panamá: el caso "antiguo"
Panamá adoptó el dólar como moneda en 1904, año en que se firmó el tratado del canal con Estados Unidos. Lleva más de cien años con esa arquitectura. La inflación promedio de las últimas cinco décadas es de aproximadamente 2,5 % anual, muy similar a la de Estados Unidos. El sistema bancario panameño es uno de los más profundos de América Latina como porcentaje del PIB.
Lo que el caso panameño muestra con claridad es que la dolarización no produce por sí sola un buen desempeño económico, pero permite que se construyan instituciones financieras estables si el resto del marco es propicio. Panamá tuvo desarrollo financiero por su ubicación geográfica, su tratado canalero, su zona franca y su régimen fiscal específico. La moneda fue una condición necesaria pero no suficiente. Como argumenta el economista Sebastián Edwards en su libro "American Default", la lección panameña no es trasladable mecánicamente a otros países.
Ecuador: la dolarización de la urgencia
Ecuador dolarizó en enero de 2000, en el peor momento posible: una corrida bancaria masiva, inflación al 96 %, congelamiento de depósitos, y un cambio de presidente vía revuelta popular. La dolarización se decretó como medida de emergencia para frenar la crisis. Y, en términos de su objetivo inmediato, funcionó: la inflación cayó por debajo del 10 % al año siguiente y por debajo del 5 % a partir de 2003.
Lo que el caso ecuatoriano agrega al debate es que la dolarización pudo sostenerse durante más de veinticinco años a pesar de gobiernos de signos políticos muy distintos —desde Lucio Gutiérrez hasta Rafael Correa, pasando por Lenín Moreno y Guillermo Lasso—. La razón principal: el costo político y económico de "desdolarizar" es enorme y, en la práctica, ningún gobierno encontró cómo hacerlo.
Pero la dolarización también limitó instrumentos de política monetaria. Cuando los precios del petróleo se desplomaron entre 2014 y 2016, Ecuador no pudo devaluar para recuperar competitividad. El ajuste tuvo que pasar por salarios reales, gasto público y deuda externa. Es lo que en la academia se llama ajuste fiscal de la cuenta corriente, que es lento y costoso.
El Salvador: la dolarización del orden
El Salvador dolarizó en 2001 bajo el gobierno de Francisco Flores y con un sistema bancario y fiscal relativamente ordenado. La motivación no fue una crisis sino una decisión estratégica: anclar la economía al dólar para reducir el costo del crédito y atraer inversión externa.
Veinte años después, el saldo es mixto. La inflación es baja, el sistema financiero es estable, pero el crecimiento económico fue mediocre (promedio de 2,3 % anual en el período 2001-2020). El argumento técnico es similar al ecuatoriano: la dolarización ayudó a evitar inflación, pero no resolvió por sí sola los problemas estructurales del país (informalidad, baja productividad, emigración masiva).
El giro reciente —adopción de bitcoin como segunda moneda de curso legal en 2021 bajo el gobierno de Nayib Bukele— agregó complejidad y no cambió sustancialmente el cuadro monetario. Según un informe reciente del Banco Central de Reserva, el uso de bitcoin en transacciones reales se mantiene bajo (menos del 5 % del total). El dólar sigue siendo la moneda dominante.
Venezuela: la dolarización por colapso
El caso venezolano es distinto a los anteriores: no hay dolarización legal, pero el dólar circula y se usa en gran parte de las transacciones del sector privado, particularmente desde 2019. Es lo que en la literatura se llama "dolarización de hecho": la moneda extranjera reemplaza a la nacional en los usos diarios sin un marco legal explícito.
Las causas son conocidas: hiperinflación, colapso del bolívar, escasez crónica de moneda local. El gobierno tolera el uso del dólar pero no lo legaliza, lo que crea una situación híbrida y a veces incoherente. La moneda oficial (el bolívar) sigue existiendo y se usa para ciertas transacciones (pagos al Estado, salarios públicos), pero el sector privado funciona en dólares en buena medida.
Lo que Venezuela muestra es el escenario extremo: la dolarización puede ocurrir aunque no se la decida, simplemente porque la moneda nacional pierde su función de reserva de valor y de unidad de cuenta. Es una dolarización que no es elección sino consecuencia.
La dolarización no es una llave que se gira en un sentido o el otro. Es una arquitectura institucional que, una vez levantada, condiciona todo lo que viene después. — Lucía Marenco, editorial 21/05/2026
Y entonces, el caso argentino
El debate dolarizador argentino tiene rasgos propios y rasgos compartidos con los cuatro casos anteriores. Compartido: la moneda nacional ha perdido sostenidamente su función de reserva de valor desde hace décadas. La población dolariza espontáneamente sus ahorros (Argentina es uno de los países del mundo con mayor stock de dólares "bajo el colchón" como porcentaje del PIB).
Propio: Argentina tiene un sistema productivo más diversificado y un sector externo más complejo que los cuatro países dolarizados. El comercio exterior representa una porción menor del PIB. La política monetaria, en una economía como la argentina, tiene un margen de uso que economías más pequeñas y abiertas no tienen.
El argumento técnico contra la dolarización en Argentina suele apuntar a tres cosas: la falta de reservas para canjear toda la base monetaria al tipo de cambio actual, la pérdida del prestamista de última instancia (el BCRA no podría emitir para asistir a bancos en problemas), y el costo del ajuste asimétrico ante shocks externos. El argumento a favor apunta a otras tres: la eliminación de la inflación como problema monetario, la previsibilidad para contratos de largo plazo y la reducción de la prima de riesgo país.
No es mi intención ni mi rol en este editorial tomar partido en esa discusión. Sí es mi intención señalar que el debate, en sus dos versiones, tiende a presentarse como si la decisión fuera binaria y técnica. No lo es. Es una decisión con consecuencias políticas, sociales y económicas profundas que se desplegarían a lo largo de décadas, no de meses.
El contraejemplo que nadie cita: Perú
Perú merece un párrafo aparte. No es un país dolarizado oficialmente, pero la "dolarización financiera" llegó a niveles muy altos a fines de los 90 (cerca del 80 % de los depósitos y créditos en dólares). Desde entonces, el Banco Central peruano (BCRP) ejecutó un programa explícito de desdolarización, basado en cinco pilares: meta de inflación creíble, encajes diferenciales por moneda, supervisión bancaria estricta, mercado de capitales en soles y comunicación pública sostenida.
El resultado es notable: hoy la dolarización financiera está por debajo del 30 %, la inflación promedio del último decenio es menor al 3 %, y el sol es una de las monedas más estables de la región. Perú no dolarizó. Y, sin embargo, logró algunos de los objetivos que la dolarización se propone (estabilidad de precios, previsibilidad cambiaria) sin perder los instrumentos de política monetaria.
El caso peruano es relevante porque sugiere que la disyuntiva "dolarizar o no dolarizar" puede ser un falso dilema. Existe una tercera vía: institucionalizar la moneda local con disciplina, transparencia y consistencia. Esa vía no es fácil ni rápida, pero es posible. Y, a juzgar por treinta años de evidencia, sostenible.
Conclusión: cuatro lecciones
Pongo en cuatro líneas lo que, en mi lectura, dejan los cinco casos comparados:
- La dolarización no produce automáticamente desarrollo económico. Lo permite, en algunos contextos. No lo garantiza.
- La dolarización tiene un costo de salida muy alto. Una vez adoptada, es muy difícil revertirla.
- La dolarización requiere un sistema fiscal y bancario sólido. Sin ese andamiaje, ni siquiera resuelve la inflación.
- Existe una alternativa: la institucionalización de la moneda local, demostrada por Perú a lo largo de tres décadas.
Cualquier debate serio sobre dolarización debería empezar por escuchar a los países que ya tomaron esa decisión. No para copiarlos, no para descartarlos, sino para entender qué quisieron resolver, qué resolvieron y qué problemas nuevos crearon. Esa es la conversación que, en mi opinión, todavía falta tener en el debate hispano contemporáneo.